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Resistencia

24.Oct 2014
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El estilo de nuestras masacres

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Cuando se habla de la súper población de las cárceles de Honduras se olvida (obviamente, se oculta) que en el 2002 Ricardo Maduro Joest impulsó e hizo concreta la Ley Mano Dura Anti-Maras. Oscar Alvarez, al confirmarse la ley, se desató en todo su esplendor.

Redadas enormes con la participación de hasta 500 efectivos de la policía y del ejército, caían sobre los barrios pobres de Tegucigalpa y San Pedro Sula. "Yo estaba en el baño cuando escuché el helicóptero sobre la chola (casa) y cuando acuerda el techo se había volado jalado por unos cables y en unos segundos dos soldados que venían guindados me agarraron, me golpearon, me amarraron y me llevaron con los demás..." (Testimonio que me dio uno de los muchachos recluidos en la Maquila 18, PN-Támara, 2005).

Esa espectacularidad iba paralela a la locura del poder militar-policial que echó a andar Oscar Alvarez con la complicidad en el Congreso de un Porfirio Lobo Sosa que en esos momentos, elevaba a los cielos su grito de batalla electoral: "Pena de Muerte". La juventud fue estigmatizada y criminalizada. La pinta (el modo de vestir), el lenguaje, los rasgos, todo era susceptible para la sospecha generalizada. "A mi me agarraron porque tenía tatuado un corazón atravesado con una flecha... era porque quería a mi guerla (novia)... pero como vivía en un barrio que controlaba la 18 dijeron que yo también lo era y no anduvieron con papadas... ya estando aquí pues le tuve que entrar a la 18, porque ahora son mi familia", eso me lo decía un muchacho que minutos antes se emocionaba al escuchar nuestro poemas, y que en esos momentos, sincerado y sensibilizado, se atrevía a contarnos parte de su vida.

En ese módulo cohabitaban 280 reclusos, hacinados. Muchos de ellos fueron trasladados de San Pedro Sula una vez que este se quemó calcinando a los 107 del 2004. La maquinaria de los gobiernos nacionalistas tiene entre sus piezas elementos que los propios gobernantes ni siquiera intuyen y que además, actúan bajo una lógica implacable una vez que se les da argumentos para moverse. Son ellos los que definen el ritmo de los acontecimientos. 

La omisión o el aliento que puedan darle provoca una avalancha de sangre y represión que los jefes policiales encubren con declaraciones del tipo "cada policía tiene su estilo, en cada país".

Ese estilo policial va desde la no investigación, la insensibilidad absoluta hacia los derechos humanos o la participación directa en crímenes. Antes del asesinato del hijo de la señora Rectora de la UNAH la criminalidad ya se había cobrado una cifra espantosa de vidas y disminuyó el 96% una vez que se descubrió la maraña policial implicada, algo que la población ya sabía y que sin embargo callaba temerosa.

Los disparos que se escuchan y que atestigua el video aficionado que circula en youtube demuestra que los disparos de la policía penitenciaria ocurrían en medio de los gritos de auxilio de los presos que se incineraban. Los oficiales tuvieron que haber llamado a sus superiores y estos, desde sus casas o postas, tuvieron que haber dado la orden de contener la posible escapatoria "según se les ha enseñado". Toda esa cadena de mando es el ADN de la barbarie. El "estilo" que defienden sus portavoces. Los medios del golpe de Estado se han apresurado a limpiar de nuevo y a hundirse aún más. Renato Alvarez afirmaba anoche en su noticiario: "No hay evidencias de disparos en los informes preliminares" y Ramón Custodio retornaba a su discurso 

del 5 de julio del 2009: "No hay ningún herido por bala"... Pero el video aficionado sigue retumbando con fusilería y las fotografías muestran cadáveres calcinados derramando sangre y zapatos manchados de ella (la sangre hierve durante el calcinamiento, los órganos blandos y los líquidos al interior cuerpo son los primeros en calcinarse a cada bocanada de aire sobre calentado).

400 seres humanos han sido asesinados por el "estilo" policial y por el desprecio estatal que ha cimentado su estrategia de seguridad en la estigmatización y en el abandono total de humanidad en el trato para con los reclusos. En un país militarizado solo se cumplen órdenes. La orden es "poner en orden" a todo aquel que desafíe la hegemonía político-militar, ya se encuentre el ciudadano o ciudadana en libertad o preso. Los muros perimetrales de esta mentalidad criminal abarcan los 112,492 km2 de una Honduras cuyo mayor corto circuito fue provocado un 28 de junio del 2009. Ese día terminó nuestro pequeño simulacro civilizatorio.



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